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Evenepoel lo vuelve a hacer y gana el Mundial de contrarreloj | Deportes

PorAdiel Quesada

Ago 11, 2023

Remco corre solo. Desde juveniles, como si todavía fuera el de aquel Mundial inolvidable que ganó de adolescente, poco después de colgar las botas y la camiseta de la selección belga sub-18 de fútbol. Montonera, caída, remontada hasta el pelotón, fuga y victoria. Una secuencia que repite a menudo. Como en San Sebastián 2019: se rezaga, vuelve, reparte bidones de agua a sus compañeros, se va y gana. Le desconcierta el orden del pelotón, esa ameba que va tomando diferentes formas, a veces caprichosas, a veces ordenadas por algún grupo dominante. El domingo terminó agotado, latigazo tras latigazo en el circuito urbano de Glasgow, porque después de cada arrancada llegaba el frenazo en la siguiente curva para no tragarse la valla, todas cercanas, todas cerradas. Su espíritu juvenil acabó exhausto.

Prefiere ir solo, incluso pedir al coche de su selección que no le dé la brasa. No molesten, por favor, que va a lo suyo. Y así, como un júnior, lo vuelve a hacer, y si hace cinco días dejó para sus bocamangas de los maillots de la ruta el recuerdo del arco iris, en el castillo de Sterling volvió a recuperar el placer de enfundarse el jersey blanco con las cinco franjas coloreadas en el pecho, ahora en la crono. Otra vez Evenepoel, el fenómeno belga, un milagro de la naturaleza, de 1,71 metros de altura, 61 kilos de peso, frente a gigantes como Filippo Ganna, 1,93m y 82 kilos, o Joshua Tarling, otra figura emergente, 1,94 de altura y solo 19 años, dos ciclistas superdotados para la contrarreloj por su constitución física.

Pero allí está Remco Evenepoel, que aparece entre los últimos, esperanza belga, varios puestos por detrás de Van Aert, su compatriota, y mucho después de que se acabe el folklore de los ciclistas sin esperanza, los de Swazilandia, Cabo Verde o Ghana, que ni siquiera usan las cabras de contrarreloj sino bicicletas de ruta, y llevan cascos de cicloturista en vez de los futuristas diseños de los demás, así que las diferencias finales son escandalosas. Más de media hora de Evenepoel al último, el ghanés Henry Djangmah en 47,8 kilómetros de recorrido.

Remco va a la última, con el casco Specialized de alas anchas para evitar remolinos con los hombros, braga adaptada al mentón, la radio en el pecho en vez de la espalda, y mangas cortas, como le gustan. Y sale como un toro. Las primeras pedaladas son una declaración de intenciones, cuando por delante ya circulan Ganna y Tarling, la sorpresa, que va quemando los relojes en los puntos intermedios. En el primer control es Ganna el que marca el ritmo, con Evenepoel a cuatro segundos. A partir de ahí, el británico emergente se desinfla un poco, y para cuando el italiano, en una de esas escenas inusuales del ciclismo que quedan para la historia, adelanta a Tadej Pogacar, el todopoderoso corredor esloveno, bronce en la ruta de Glasgow, ya está muy claro que aunque el tercer escalón será para el galés volador, el oro se lo disputarán Evenepoel y Ganna. Los demás no cuentan. Son cadáveres en bicicleta que llegan dando bufidos a la meta del castillo, algunos con muy malas pulgas cuando se les cuela la cámara de televisión en su intimidad.

Y en la pugna final, ese kilómetro interminable en los adoquines puntiagudos de Broad Street, Remco Evenepoel se mantiene firme en su ventaja. 12,28 segundos en la meta para el contrarrelojista más joven en ganar un Mundial. Lo volvió a hacer, y habrá que seguir hablando de Evenepoel, y probablemente, de Josh Tarling, que con solo 19 años se subió también al podio. De los españoles, al menos esta vez, se hablará poco. Xabier Mikel Azparren acabó en el puesto 40º entre 78 ciclistas. No había más.

Se colgó la medalla Evenepoel, escuchó la Brabanzona, el himno belga, y de fondo sonaban todavía las palabras de Marlen Reusser, la corredora suiza que el jueves abandonó la contrarreloj femenina a mitad del recorrido y que suenan como las de Ricky Rubio, Simone Biles y otros deportistas agotados mentalmente: “No soy una máquina. No estaba lista para correr y no tenía ganas de hacerlo. En el momento en el que puse el pie en el suelo pensé que, probablemente, era una mala idea, pero quería hacerlo”, y apunta: “Desde el Tour, siento que necesito tiempo para respirar y redescubrir mi deseo de salir y ganar. Necesito ese momento de relajación”. La que era máxima favorita para ganar el Mundial confiesa sin tapujos: “Siento que estoy atrapado en una espiral descendente sin fin”.

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